La Llegada

Todavía no se había estabilizado el avión cuando me quedé dormido. De repente, sentí un golpe, un codazo que me despertó. La chica sentada junto a mí reclamaba con poca delicadeza parte del apoyabrazo que compartíamos. Era estrecho e incómodo. El asiento, rígido y duro. Me incorporé intentando buscar un ápice de comodidad y abrí los ojos. Qué sensación más reconfortante. Siempre me ha gustado la ventanilla. Te deja volar la imaginación y relajarte disfrutando de unas vistas extraordinarias. El sol entraba por la pequeña ventana de mi asiento y calentaba mi rostro. Estaba atardeciendo, el cielo despejado y el inmenso vacío que surcábamos me daba la bienvenida a Marruecos. 

Ensimismado en el horizonte apareció junto al ala derecha del avión una larga y extensa silueta que poco a poco fue creciendo y tornándose en una linea salpicada de manchas blancas. Era el Atlas. Esta cordillera montañosa que recorre el país en diagonal de Noreste a Suroeste, ha divido históricamente a Marruecos en dos grandes áreas. Una, que mira hacia el Atlántico. Otra, que mira hacia el Sahara. 

Poco a poco el avión fue descendiendo. Aterrizamos. Por fin habíamos llegado. Entre el aeropuerto y Marrakech tan solo mediaban unos minutos. Unos largos minutos. Iba sentado en la parte trasera del taxi y la noche se había echado encima. Los coches, motos y bicis pasaban a ambos lados a toda velocidad. A izquierdas y derechas. Por delante y por detrás se cruzaban sin orden ni reglas. Nadie ponía un intermitente. Días después entendería el comentario de Abdul de “quien consigue conducir por Marrakech puede conducir por cualquier ciudad del mundo”. 

Me encontraba completamente desorientado. Buscaba algún punto de referencia que  ayudase a situarme. Nada. Ningún cartel, calle o edificio que pudiese recordar haber visto en el plano de la ciudad que intentaba reconstruir en mi mente. Solo conseguí tomar cierta conciencia de donde me encontraba al entrar en la Medina y atravesar las grandes murallas del S. XII que rodean la antigua ciudad. La llegada al centro de Marrakech fue todo un espectáculo. Una autentica bomba sensorial de la que no me recuperaría hasta la mañana siguiente. 

El taxista nos dejó en el centro neurálgico de Marrakech, justo en la entrada de la la plaza Jemaa El-Fna. Abrí la puerta, salí del taxi y me di de bruces con un burro que tiraba de un viejo carro construido a base de todo tipo de materiales: maderos, hierros, ruedas de coche…… El carro pasó rozando la puerta del taxi y el hombre que tiraba de él grito algo en marroquí que no entendí, pero que por sus voces y gestos, quería decir algo así como “quitate del medio”. Hay gestos, maneras, que son universales.

Justo al lado había una larga fila de taxis Dacia de color naranja con los taxistas agolpados en corrillos hablando y fumando a la espera de clientes. Y delante de nuestro taxi, un Mercedes Benz, nuevo y reluciente. En ese instante el carro tirado por el burro pasaba junto al Mercerdes. La escena era surrealista. ¿Dónde estoy? —me pregunté—. En apenas 3 horas había cambiado de mundos. El contraste, absoluto. Realidades dispares. Habíamos llegado a Marrakech. 

2 comentarios en “La Llegada”

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